El Síndrome de Jerusalén
Este síndrome lleva a un porcentaje de los turistas que llegan a la ciudad Santa a un peligroso estado de delirio, que puede terminar en un intento de suicidio, pero que en la mayoría de los casos no pasa de un rato desagradable.
Este fenómeno social podría ser categorizado como extravagante y hasta convertirse en sí mismo en un elemento de atracción turística, a no ser por la amenaza que pende sobre la frágil tranquilidad de la siempre convulsionada Jerusalén por parte de estos peregrinos fanáticos, que amenazan con suicidarse en grupo, atacar policías israelíes o tratar de atentar contra los lugares santos de los musulmanes, en un intento de apurar el Día del juicio.
En ciertas ocasiones es tan fuerte el impacto que Jerusalén causa en los turistas (personas equilibradas antes de la visita) que algunos terminan por creerse personajes bíblicos. Más de doscientos casos al año hacen que se haya catalogado a esta psicosis religiosa como “síndrome de Jerusalén” (aunque comportamientos similares se han observado en otros lugares de importancia religiosa e histórica como la Meca o Roma -el síndrome de Stendhal-). Observada desde la época medieval, sus víctimas llegan a creer que son profetas (Sansón, la Virgen María y el rey Salomón son los preferidos) y recorren la ciudad promulgando las Santas Escrituras o exhortando a los pecadores al arrepentimiento. Suele ser un comportamiento inofensivo y desaparece al abandonar la ciudad. La excepción más importante ocurrió en agosto de 1969, cuando un turista australiano, Michael Rohan, prendió fuego a la mezquita al-Aqsa, convencido de que era “el emisario de Dios”.





